organismos
No voy a ocultar que me inquieta profundamente la cantidad de personas que supuestamente son beneficiarias de los numerosos premios que reparte la lotería día tras día. Seguidora como soy de mundo orwelliano, comento todo lo comentable sobre el tema con mis conocidos, o conmigo misma si nadie me quiere escuchar, faltaría más, que no es mi deseo en absoluto contrariar la dirección a la que se nos conduce.
Pero si, el viernes fui beneficiaria de una bonoloto de cuatro e, impregnada vía facebook del espíritu pajín-antipajín-suprapajín o ultrapajín ¿quién sabe? asocié mi ingreso extra con la oferta de bikinis que había visto la semana anterior. Rosa porque tengo ya todo el equipo en rosa de mi anterior bikini antes rosa. Además no me parece lo suficientemente bonito como para que se agote.
Madrid, metro; Madrid, baños del corte inglés de sol para esperar infinitamente, Madrid, bikinis rosas agotados.
Vuelvo andando, me inunda el sol y me pregunto qué camino han tomado otros para llegar a este punto.
En el transcurso del paseo se desata la prima de riesgo, el sol y el sueño; me bañaré con los bikinis de siempre.


Comparto la práctica de reservar unos cuantos euros del presupuesto semanal a las grandes loterías, lotos y quinielas. A una edad seguramente demasiado temprana, víme obligado a reconocer mi incapacidad para salir de la pobreza haciéndome valer de mi talento, de mi esfuerzo personal, de mi afán de superación, e incluso de la imposibilidad de recurrir a lo que vulgarmente se conoció siempre como un "braguetazo", por culpa de mi falta de habilidad, rayana en la zafiedad, para el trato con las mujeres. Desde entonces, he reservado a los juegos de azar esa pequeña parcela tanto de mi presupuesto como de mis esperanzas.
ReplyDeleteSin embargo, después de décadas insistiendo semana tras semana en dejarme algo de dinero en la ventanilla de la administración de loterías de turno, nunca me he visto agraciado con un premio tan suculento y tan envidiable como esa bonoloto de cuatro. Así pues, no puedo hacer más que quitarme el sombrero, y ponerme un verano más, a falta de dinero para comprarme un bañador nuevo, mis eternos y queridos Meybas blancos con cuadros azules. El roce hace el innegagle cariño que les tengo, lo mismo que la decadente palidez de sus colores.