La Sopa boba
Tras ser víctima de la ancestral costumbre española de probarse vestidos blancos con maquillaje, y fracasar en mi ambición de conseguir uno limpio, he tirado por el camino más corto hacia la gran vía. En la esquina de la casa del libro me han preguntado si estaba dispuesta contribuir a un estudio de mercado y, como eso que dicen por ahí de que cuando te vas a morir la vida pasa en diapositivas condensadas, me vino a la cabeza la crisis y el difícil trabajo de la entrevistadora. He accedido a ello. Tras preguntarme los datos estándar, llega el turno del producto. Se trataba de sopas. (¿Hay algo más adecuado para los tiempos que vivimos?)
A nadie se le escapa que debajo del metro gran vía instalan la finca de
vacaciones de todos los infiernos que en el mundo han sido y, teniendo en cuenta que mañana entramos en junio, el tema sopa no me pareció un tema pertinente o de buen gusto, sin embargo, las diapositivas otra vez, me hicieron seguir adelante.
Poco a poco fui dejando constancia de mi irregular consumo de sopas, que fue adecuadamente normalizado por la entrevistadora y ya me estaba yendo cuando me dice que, a continuación, viene la cata. Otra vez dudo y otra vez diapositivo y, como consecuencia, doblamos la esquina y entramos a un hotel, dentro del cual, el olor a sopa de pollo iba haciéndose cada vez más evidente.
Animada pese a la temperatura ambiente, a probar la sopa de brick, y alentada por las botellas de agua que adiviné fresca que se divisaban, entré en la sala. En ella habia unas mesas paralelas con personas sentadas mirando en una misma dirección a cuyas espaldas se alzaba una mampara y detrás de la cual había una cocinilla, que enseguida interpreté para qué servía.
Sin embargo, fui frenada porque no había sitio. No me había fijado al pasar pero fuera de la sala, había un chico en un sillón, aburrido; me entretuve observándolo pero sin mucho interés. A los pocos minutos tomo asiento
frente a un plato de palitos de pan, botellines de agua y vasos . Se acerca un entrevistador con una encuesta y una cuenco de sopa, que no podía probar de inmediato sin considerar antes su textura, consistencia, color y olor. Había que comerse la sopa con fideos y opinar. opino. Al acabar, otra sopa similar me hace discurrir por el mismo camino, añadiendo, que para eso estamos en Madrid, cual de las dos me gusta más.
De regalo, un paipai.







